EL ROMANCERO GITANO, Federico García Lorca, 1927, poesía,
Con una clara herencia del Romancero Viejo Español, tanto en la selección de versos octosílabos, asonantados en los pares, como en el carácter narrativo de cada poema, el autor nos ofrece 18 romances, con los que marca su pertenencia a la cultura andaluza.
Esta colección puede dividirse en tres partes: aquellos poemas que hablan de amor y dolor, los que muestran la herencia cristiana de la Comunidad y tres romances históricos de tradición medieval.
Lo que da contundencia y maestría a los versos de Lorca, y a estos en particular, es el juego verbal. Sinestesias, metáforas, reiteraciones, interrogaciones, exclamaciones y más recursos de estilo hacen que cada poesía adquiera una fuerza expresiva extraordinaria.
Signo característico es la omnipresencia de elementos como la luna, que desde el primer poema: “Romance de la luna, luna” evoca la figura de la madre gitana encarnada en un astro: “La luna vino a la fragua/con su polizón de nardos. / El niño la mira, mira./ El niño la está mirando”, “mueve la luna sus brazos/ y enseña lúbrica y pura, / sus senos de duro estaño”, “Huye luna, luna, luna”, “la luna menguante pone / cabelleras amarillas,/ a las amarillas torres.”
El mar no puede desligarse de Andalucía y, como toda la naturaleza, aquí aparece personificado, “El mar baila por la playa, / un poema de balcones”, “Al fin encuentra la mar/ y se lo tragan las olas.”, “cae donde el mar bate y canta/ su noche llena de peces”, “No me recuerdes el mar,/que la pena negra brota”.
Otro elemento reiterativo en el romancero es la noche, signo de oscuridad o misterio: “La noche llama temblando/ al cristal de los balcones”, “La noche se puso íntima/ como una plaza pequeña”, o de juego y cadencia, efectos que se producen gracias a la repetición: “En la noche platinoche/ noche, que noche nochera.
Así mismo, aparece el viento, siempre con su carga de lujuria “¡Preciosa, corre, Preciosa. /que te coge el viento verde!”, “El viento- hombrón la persigue”, “El viento, furioso, muerde.”, “El viento que nunca duerme”. Angustia, apremio del poeta, que se introduce en los versos para, en una teatralización propia del romancero, interactuar con los personajes.
Tampoco podían faltar los olivos, que adornan el campo andaluz: “Por el olivar venían, bronce y sueño los gitanos”, “En la copa de un olivo…”, “Las aceitunas aguardan…”, “los olivos palidecen”, “En las tierras de aceituna/ bajo el rumor de las hojas”.
La corriente surrealista tiene particular importancia en los versos de Lorca: sueño, inconsciente, pesadilla, “Ella sigue en su baranda/ verde carne, pelo verde, / soñando en la mar amarga.” Y una aliteración que se escucha mágica: “Verde que te quiero verde. Verde viento, verdes ramas.”
Los personajes centrales, como no podía ser de otra manera, son los gitanos. Se resalta su tradición milenaria: “Si vinieran los gitanos,/ harían con tu corazón,/ collares y anillos blancos.”; su melancolía, marcada por las exclamaciones: ¡Oh pena de los gitanos!/ ¡Pena limpia y siempre sola! “¡Qué pena tienes! ¡Qué pena tan lastimosa! Y con la sinestesia gustativa: “Lloras zumo de limón agrio”; su honor: “Me porté como quien soy. /Como un gitano legítimo.”, “Ni tu eres hijo de nadie,/ ni legítimo Camborio.”, “Oh, ciudad de los gitanos!/ ¿Quién te vio y no te recuerda?”
El elemento religioso se resalta en tres romances relacionados con las tres ciudades andaluzas: Granada: San Miguel, Córdoba: San Rafael y Sevilla: San Gabriel. En ellos se pone de relieve el carácter festivo de los santos y la adoración que el pueblo les profesa: “Ángeles y serafines/ dicen: santo, santo, santo”, “En el portal de Belén/ los gitanos se congregan”, “La luna cura a los niños / con salivilla de estrella.”
La alusión a la guardia civil, en varios poemas, aparece como negativa, como un elemento de oposición a la cultura gitana: “Guardias civiles borrachos,/en la puerta golpeaban”, “Guardia civil caminera/ lo llevó codo con codo”, “Tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras.”, “Pero la Guardia Civil/ avanza sembrando hogueras.”
El simbolismo de estos y otros elementos, como los colores o los objetos, que se encuentran en esta colección tan sencilla de poemas, nos impregnan de sensaciones, que van desde el dolor profundo de Soledad Montoya, hasta los deseos del viento, que persigue a Preciosa, una joven gitana, o el reclamo del poeta frente a la cobardía de Antoñito el Camborio. El sentido teatral, propio del Romancero Viejo, se percibe claramente en estas composiciones de Federico García Lorca. Desgraciadamente, la temprana muerte del poeta granadino dejó a la poesía huérfana de uno de sus mejores exponentes. No obstante, parte de su herencia es este romancero, que se ha convertido en una de las colecciones preferidas para el estudio o para el disfrute de la palabra cuando se transforma en obra de arte.
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